sábado, 25 de noviembre de 2017

Machismo

                           Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe

Hoy es el día internacional de la no violencia contra la mujer y, hasta el día 10 de noviembre de este año estaban confirmadas cuarenta y cuatro mujeres asesinadas en el contexto de la también llamada violencia machista en España. Lamentablemente, esta mañana cuando me he levantado y he ido presto a leer la prensa he visto consternado como había un nuevo crimen que posiblemente se sumaba a alguna otra mujer fallecida durante estos días que median entre el dato oficial que aporto con fecha y el presente día 25 de noviembre. Este abominable dato se une a las cuarenta y cuatro mujeres del año pasado y a otras tantas personas fallecidas cada año que, lejos de ser una fría y sórdida cifra reveladora de una lacra social, encierran detrás un sinfín de proyectos de vida destruidos así como familias y familiares destrozados. Detrás de esta sórdida realidad que en algunos entornos se empeñan en cuestionar, está un conjunto de factores y variables que condicionan y modulan esta realidad. Unas u otras culturas tienen mayores posibilidades y predictores de la violencia de género y, en este sentido, en nuestra cultura supongo que nadie podrá cuestionar el valor predictor del machismo. Aludiendo a una estricta y mesurada opinión personal, considero que el machismo no sólo es un factor predisponente de la violencia de género sino que, de alguna manera, constituye una expresión (más o menos marcada) de la misma o, cuanto menos, una manifestación de una inercia social predisponente a considerar que el varón es por naturaleza superior a la mujer subyugándola al poder del hombre.

El machismo implica actitudes, conductas y prácticas sociales que minimizan y soslayan el papel de la mujer en áreas relevantes de la vida como son la familiar, sexual, económica, legislativa, intelectual, anatómica, lingüística, histórica, cultural, académica y un largo etcétera. Cuesta poco poner ejemplos de algunas de estas situaciones. En este sentido, a nivel familiar nos encontramos con unos sistemas familiares muchas veces tendentes al patriarcado y/u orientados en torno a la figura del varón como elemento tomador de decisiones que se anteponen a las que pueda tomar la mujer. Me viene a la mente una frase muchas veces escuchada y probablemente dicha también consistente en señalar esa es la mujer de…; ¡qué paradoja! supone no escuchar nunca ese es el hombre de…. Puestos a entrar en otras áreas en las que se revela el machismo, nadie me negará que el sexismo y sus connotaciones se extienden a nuestro lenguaje cotidiano. Perdonadme las palabras soeces, pero qué terrible es que algo aburrido sea denominado coñazo y algo divertido sea la poya. Siguiendo esta retórica cuando hay un caos percibido hablamos del coño de la Bernarda pero cuando algo está muy bien hecho es “cojonudo”. Pienso en el mundo animal y no es lo mismo señalar que alguien es un zorro que una zorra o un gallo que una gallina. De la misma forma y tirando de refranero llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre o mujer sin hijos, jardín sin flores u otro más zafio aún, a la mujer casada y casta, el marido le basta. No busquéis su homólogo en masculino, simplemente no existe.

 Los llamados micromachismos viven inmersos en nuestra cotidianeidad y todos participamos de ellos en mayor o menor medida. Me cuesta pensar que llamemos a alguien señorito pero, sin embargo, perfectamente distinguimos señorita de señora. Os invito a probar a pedir en un bar dos bebidas si estáis una mujer y un hombre. Por favor, que esas bebidas sean una alcohólica y otra sin alcohol (por ejemplo, una cerveza y un zumo). Estoy bastante convencido que en la mayoría de las ocasiones, si no hay una pregunta o aclaración, la cerveza será colocada delante del hombre y, asimismo, la cuenta será de su propiedad. Sé que no hay que sacar las cosas de quicio, pero no pasa nada por intentar hacernos conscientes de todas estas situaciones. Cuando vamos a un centro comercial es curiosa la oportunidad que se da a la mujer de ser ella quien cambie los pañales de un bebé. Perdonadme la ironía previa, pero más que posibilidad se obliga a que sea ella ya que sólo existe la posibilidad en su baño. Pensando en política, aunque me apetezca poco, si hablamos de los hombres nos sale el nombre e incluso el apellido aunque habitualmente predomina el apellido (Rajoy, Sánchez, etc…). En el caso de las mujeres nadie dice Santamaría o Díaz por señalar ejemplos. 

Otras expresiones como nenaza, comportarse como una señorita o aún más tétricas como comentarios del tipo “habrá igualdad cuando pongan un día internacional del hombre y no sólo de la mujer son normalizadas en una cultura androcéntrica en la que la testosterona parece ser la variable que determina y condiciona una imaginaria superioridad en todas las esferas relevantes. Bien es cierto que esta hormona condiciona la identidad de género pero no menos cierto que la correlación positiva entre altos niveles de testosterona y conducta agresiva en humanos está más que demostrada. 

No quiero cerrar este escrito sin retomar las escalofriantes cifras que lo abrían. Sólo una sociedad que promueva una igualdad verdadera en todos los ámbitos puede considerarse madura y garante de la libertad y, para llegar a ese punto, guste o no, hay que promover medidas encaminadas a la protección de aquellas personas que están, sin ser así, en una posición de inferioridad. La llamada discriminación positiva (no me gusta la denominación) supone un elemento necesario en tanto en cuanto siga habiendo manifestaciones sexistas que son subyacentes a una cultura en la que muchas veces sólo recordamos la existencia del machismo y sus posibles correlatos violentos cuando hay una víctima. Permitidme exclamar ¡NI UNA MENOS!

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