lunes, 31 de octubre de 2016

¿Conoces la historia del Síndrome de Estocolmo? ¿Sabes quién puede padecerlo?



 Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
Quizá has escuchado que alguien padece un Síndrome de Estocolmo y, de alguna manera, como persona interesada en la psicología clínica o simplemente por “sabiduría popular” sabes que es una reacción en la que las personas que han sufrido un secuestro o alguna retención forzosa terminan identificándose con el perpetrador de esta situación e incluso vinculado afectivamente con quien ha ejercido el daño físico y/o psicológico.
Apelando al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su cuarta edición revisada (DSM-IV-TR; APA, 2002), la referencia a este síndrome no sería explícita, siendo el equivalente conceptual la categoría de Trastorno disociativo no especificado, dentro de la cual se distinguen los llamados Estados disociativos que pueden presentarse en individuos que han estado sometidos a períodos de prolongada e intensa persuasión coercitiva (p.ej., lavados de cerebro, modificación del pensamiento o adoctrinamiento en sujetos cautivos).
La historia del Síndrome de Estocolmo tiene que ver con un atraco que se produjo en el año 1973 en, cómo no podía ser de otra forma, Estocolmo. Concretamente, el Kreditbanken sueco fue asaltado por un grupo de delincuentes que retuvieron a varios empleados del banco, obligando a estas personas a situarse en el suelo boca abajo y con las manos en la nuca. Rodeados por la policía y con el consiguiente nerviosismo, tuvieron encerrados a los rehenes seis días. La sorpresa llegó cuando, en el momento de la liberación, una de las mujeres retenidas se despedía abrazando y besando a uno de los secuestradores. Se supo incluso que, para el juicio de los criminales, otra víctima creo un fondo de defensa legal para ayudar con los gastos generados. De alguna manera, se había establecido un vínculo con el/los secuestrador/es. En el Síndrome de Estocolmo no es raro que  se llegue incluso a colaborar con los secuestradores para ayudarles a alcanzar sus objetivos o evitar, cómo se ha señalado, la acción de la justicia.
Acudiendo al campo de la psicología forense, podemos buscar cómo se desarrolla esta afección. Lo cierto es que el estado disociativo subsecuente a un secuestro tiene que ver con unos determinantes muy claros. En este sentido, el tipo de secuestro va a condicionar mucho el posible Síndrome de Estocolmo que aparezca y sus características. Hay diferentes variantes de secuestro en función de la finalidad. Quizá los casos más conocidos son de índole económica, político-terrorista o sádico-sexual. Cuando hablamos de lo económico, el ejemplo prototípico es el de la propia historia del Síndrome de Estocolmo. Si hablamos de motivación política terrorista es evidente que en nuestro país hemos tenido situaciones de secuestros a personas que indudablemente pueden ser la génesis de este síndrome. Finalmente, concretando algún ejemplo de índole sádico-sexual, seguro que conocéis el caso de Natascha Kampusch, una joven austriaca que fue secuestrada por Wolfgang  Přiklopil  a la edad de 10 años y que estuvo secuestrada un total de 3096 días (unos 8 años y medio). En unas declaraciones, tras lograr huir de su captor, quien al comprobar la fuga de Natascha se suicidó arrojándose a las vías del tren; la joven señalaba que su juventud había sido diferente a la de otros, pero que no tenía ninguna sensación de haberse perdido nada. Natascha no tenía prisa por reunirse con su familia e incluso llegó a llorar desconsoladamente cuando se enteró del fallecimiento de Wolfgang.
Aunque parezca sorprendente, puede generarse esta vinculación afectiva e incluso identificación con un captor tan cruel. Esta negación de lo malévolo del otro, de su atrocidad o, simplemente, no identificar como negativo lo sucedido; puede derivar en la génesis de un sentimiento antagónico de aceptación, que es la característica fundamental del Síndrome de Estocolmo. Obviamente, la base es una defensa del psiquismo, con un carácter eminentemente disociativo. Desgraciadamente, muchas veces no tenemos en cuenta que esto puede ser más común  de lo que pensamos y, en ocasiones, nos preguntamos como una persona que sufre maltrato físico y/o psicológico soporta situaciones vejatorias, humillantes o de riesgo para su vida. Quizá no vemos el poder de nuestra psique que “termina recurriendo” a estos procesos disociativos en aras de buscar una explicación aparentemente “lógica” (en ningún caso lo es) a lo que sucede, negando la desgraciada realidad.
Links para ampliar información
http://www.ehu.eus/documents/1736829/2169056/22+-+Secuestro+de+personas.pdf
http://www.rtve.es/noticias/20160822/natascha-kampusch-cuando-escapar-secuestro-no-recobrar-libertad/1389581.shtml 
¿Conoces más casos y/o situaciones dónde se haya dado este Síndrome?

miércoles, 26 de octubre de 2016

¿Sabías que la formación vía PIR para psicólogos clínicos es una de las más avanzadas del mundo? Te explicamos por qué...




Si hablamos con cualquier residente de Psicología Clínica y le preguntamos su opinión sobre cómo es la formación durante su residencia, por lo general, contestará que muy buena.  Otra cuestión son las posibilidades de trabajo al terminar la residencia y la calidad de estos puestos, pero pocos dudarán en admitir que el PIR ofrece unas oportunidades únicas en cuanto a formación se refiere.  Pero, ¿cómo de buena es en realidad? Si la comparamos con otros países ¿es mejor o peor y en qué podemos decir que lo es?

Tanto durante la carrera de psicología como, posteriormente, durante su formación como clínicos los psicólogos estudiamos diferentes teorías o modelos, pero existe algo común a la gran mayoría de ellos, proceden de un país en concreto: Estados Unidos. Sería razonable pensar que el nivel de los psicólogos norteamericanos debe de ser muy alto, a tenor de la gran difusión que tienen sus teorías en todos los ámbitos de la psicología, no sólo clínica. ¿Es esto así en la realidad?

Para responder a esta pregunta centrémonos en analizar la figura del psicólogo clínico en este país. Recientemente he tenido la oportunidad de conocer de primera mano el mundo del psicólogo clínico norteamericano y creo que podemos hacer, al menos, un primer análisis. La primera y más importante diferencia que uno encuentra es que en Estados Unidos no existe una residencia en psicología clínica, aunque sí la hay en las especialidades médicas tradicionales. Los caminos para convertirse en lo que en España sería psicólogo clínico son diversos, aunque, por lo general, conllevan la realización de un PsyD, que sería algo similar a un doctorado, pero con una mayor orientación clínica, y un “internship” de un año de duración. Todo ello permite tener la licencia de psicólogo clínico. Cuando uno cuenta que en España los psicólogos clínicos tenemos la oportunidad de estar cuatro años formándonos, rotando por diferentes unidades de los dispositivos de salud mental que pueden estar incluso fuera de España, las reacciones son de asombro. Aquí no sólo es escasa la figura del psicólogo en los hospitales, sino que, su formación es bastante limitada en cuanto a funciones se refiere. Otro aspecto que me sorprendió es que en EEUU es el trabajador social quien realiza las terapias en la mayor parte de los casos. Es cierto que aquí el trabajador social recibe una formación específica para ello, pues existe la especialidad de trabajador social clínico, pero, que duda cabe, que aunque el entrenamiento sea muy bueno, que lo es, habrá carencias de base por razones obvias. En la mayor parte de los casos, el psicólogo tiene una función de director de servicio, dedicándose prioritariamente a la evaluación y coordinación del servicio en el que trabaja y, por lo general, con una carga asistencial reducida.

Ahora bien, si volvemos a la pregunta inicial ¿por qué seguimos teniendo una presencia mayoritaria de teorías y de terapias originadas en los estados unidos frente a otros países? Esta es una pregunta que no tiene una fácil respuesta porque no son pocos los factores que determinan esto. No obstante, hay dos fundamentales: el primero es de carácter político y económico, Estados Unidos a día de hoy es la primera potencia mundial y eso es trasladable no sólo a nivel económico, sino a nivel científico. La facilidad que encuentran para diseminar sus trabajos y los fondos con los que cuentan son mucho mayores que los de nuestro país. Pero si analizamos el campo de la psicología clínica en concreto, existe otra posible razón y tiene que ver con la formación recibida. Su formación es profundamente específica. Cuando el alumno desea formarse como psicólogo clínico a través de las múltiples vías que existen en EEUU, no lo hace para tener una visión global u holística de la salud mental, lo hace para formarse en un ámbito concreto de esta. Así, por ejemplo, un alumno realizaría su PsyD durante dos o tres años en el tratamiento del trastorno límite y, posteriormente, harían su internado en alguna clínica u hospital que atienda a esta población durante un año. Esto hace que sea común encontrar especialistas en el tratamiento de una u otra enfermedad mental, lo que, por un lado les capacita para producir trabajos de calidad en áreas específicas, pero, por otro lado, les dificulta tener la visión global que los psicólogos clínicos españoles tenemos, lo que, en mi opinión, es un punto fundamental, la capacidad de integración. Es complicado encontrar un psicólogo norteamericano que haya trabajado y recibido supervisión durante cuatro años en unidades tan diferentes como una unidad de agudos y un centro de atención primaria, como ocurre en España. El objetivo de este análisis no es realizar una crítica al sistema de formación de los psicólogos clínicos norteamericanos, que, como todos, tienen aspectos mejorables y puntos fuertes. Más bien, con esto deseo reivindicar la importancia de seguir apoyando la formación de los psicólogos clínicos a través del sistema PIR, que, aunque es mejorable en algunos aspectos -como en el número de plazas ofertadas- sin duda nos coloca entre los más avanzados, algo que, con demasiada frecuencia, pasa desapercibido.


Alejandro Muriel Hermosilla

Psicólogo Interno Residente en Hospital Gregorio Marañón

Visitante en CMCH, Yale University , EEUU.

lunes, 24 de octubre de 2016

¿Cuáles son los dispositivos de rotación para el psicólogo interno residente?

Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe


El BOE define la Psicología Clínica como una especialidad sanitaria de la Psicología que se ocupa de los procesos y fenómenos psicológicos y relacionales implicados en los procesos de salud‑enfermedad de los seres humanos.

Pero más allá del ámbito teórico de esta definición, quizá tú, como persona inmersa en la oposición PIR, no tienes del todo claro cuáles son los dispositivos por los que “rotarás” en tu proceso de aprendizaje y obtención del título de Especialista en Psicología Clínica. Por ello, se considera conveniente realizar un acercamiento que, aunque no profundice en la descripción de los dispositivos, sirva de acicate en tu estudio.

Señalar que el BOE define unas áreas imprescindibles de rotación que se desarrollan en dispositivos que pueden variar ligeramente su denominación en función de las Comunidades Autónomas. Asimismo, hay cierto “margen de maniobra” en el plan de formación y en algunos centros hospitalarios pueden incluirse dispositivos que no están en otros lugares o son diferentes.

En todo caso, adoptaremos como referencia los principales dispositivos sanitarios de la Comunidad de Madrid (se adjunta link a red de salud mental y guía de recursos) con la finalidad de señalar las patologías típicas allí abordadas y/o el perfil de los pacientes junto con la modalidad de atención. No se pretende ser exhaustivos, sino ofrecer una imagen prototípica de cada uno. Sin más dilación, estos serían los dispositivos:

-      Centro de salud mental: se realiza un abordaje ambulatorio de patologías que, en líneas generales, se identifican con trastornos del espectro de ansiedad y/o anímico, trastornos adaptativos u otras afecciones que no requieren un tratamiento más intensivo.  Se programas citas con cierta temporalidad en las que se abordan las patologías comentadas.

-    Unidades de hospitalización breve: responden a las llamadas urgencias psiquiátricas. Evidentemente cabrían muchas patologías pero es el dispositivo clave donde ingresan brotes psicóticos o reagudizaciones en esta patología, depresiones graves (con o sin ideación suicida), estados maniformes, etc. Idóneamente el período de ingreso es muy breve (aproximadamente 15 días).

-     Hospitales de día (adultos / niños y adolescentes): habría dispositivos tanto para adultos como para niños en los que se abordan procesos que, por la repetición de los ingresos breves o por la necesidad de una atención más intensiva, requieren un régimen de hospitalización parcial (horario preferentemente matutino hasta el inicio de la tarde). Trastornos psicóticos, trastornos de la personalidad, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos afectivos, etc…; son el objeto de trabajo en este dispositivo durante un período de tiempo entre 3 y 6 meses.

-     Unidades de hospitalización, tratamiento y rehabilitación (adolescentes y adultos): como en el caso anterior habría dispositivos para adolescentes y adultos. Centrándonos en los adultos, los casos más habituales son de trastornos psicóticos y afectivos (sobre todo bipolares) junto con trastornos de la personalidad graves (p. e.: límites). Supone un régimen de hospitalización completa con un período máximo apriorísticamente anual.

-    Unidades de cuidados psiquiátricos prolongados: los perfiles más habituales son cuadros psicóticos resistentes y/o refractarios a los tratamientos, si bien no es infrecuente encontrar trastornos de la personalidad graves que podrían aparecer incluso comórbidos a los procesos psicóticos. No hay un período máximo de ingreso en esta hospitalización completa, ya que la gravedad del cuadro y su posible rehabilitación serán las que determinen la duración del ingreso.
Aunque faltan recursos como todos los específicos (para urgencias psiquiátricas, trastornos de la conducta alimentaria, personalidad, discapacidad intelectual, personas sin hogar, traumas psíquicos o trastornos adictivos), la orientación presentada aporta una ligera idea de la estimulante trayectoria que puede esperar al psicólogo interno residente en su formación.


Anímate a contarnos cuál dispositivo te parece más interesante. Quizá queréis conocer más en detalle alguno de ellos. Si es así, la vocación es responder a todas las inquietudes que tengáis.

lunes, 17 de octubre de 2016

¿Puede ayudarnos la ansiedad contra la que tanto se ha luchado? Experiencias de una psicoterapia de grupo en Atención Primaria


Cuando hace ya casi un año comenzamos una terapia de grupo en un centro de salud donde desarrollaríamos un grupo para personas con síntomas ansioso-depresivos, los pacientes nunca pensaron que las sesiones pondrían el foco donde finalmente se puso. Esta terapia suponía un reto para nosotros, que teníamos unas 10 sesiones para abordar un asunto no precisamente simple con pacientes que presentaban un malestar considerable. Era el primer grupo que realizábamos en el contexto de Atención Primaria y no sabíamos cuál sería la respuesta de los participantes.

Nuestro modelo de referencia fue inicialmente las terapias de tercera generación, que provienen del conductismo radical (radical no por ser unos extremistas, sino por buscar la raíz o causa última de la conducta!). En concreto, nos sentíamos cómodos con la Terapia de Aceptación y Compromiso que se conoce también como “ACT” en sus siglas en inglés, pero pensamos que debíamos combinarla con un enfoque algo más humanista.

Uno de los principios de la Terapia de Aceptación y Compromiso es justamente entrenar la capacidad de aceptar las emociones que experimentamos, sean agradables o no, como parte de nuestra existencia y, del mismo modo, aceptar que el sufrimiento también forma parte de nuestra vida. Al poco de comenzar con el grupo pudimos comprobar cómo, efectivamente, la mayoría de las personas hemos sido educadas para luchar contra las emociones displacenteras y contra el sufrimiento en general, como si fuera algo que hay que quitarse cuanto antes y debiéramos estar siempre felices, algo muy representativo del imaginario colectivo de nuestros días. Son muy abundantes las fórmulas que prometen eliminar la ansiedad en 5 pasos o tomar cierta medicación para hacerla desaparecer.

Lo que no nos enseñan y que pudimos ver por los testimonios de los pacientes de ese grupo, es que luchar contra el sufrimiento sólo genera más sufrimiento. De hecho, en la terapia de ACT se ha acuñado un nuevo síndrome conocido como “trastorno de evitación experiencial”. De forma resumida, este consiste en que llevar a cabo conductas para evitar experiencias desagradables al final acaba provocando no sólo un empeoramiento de esa experiencia desagradable, que se hace aún más desagradable, sino que la persona se aleja de sus metas y comienza a actuar llevado únicamente por evitar el malestar. Un caso prototípico es el de una persona que comienza a beber para superar el fallecimiento de alguien querido, en lugar de pasar por todo el proceso de duelo. Además, al inicio de esta terapia de grupo veíamos que los pacientes se referían a la ansiedad como algo que les hubiera aparecido, como si no tuviera que ver con ellos o con sus vidas y rara vez la conectaban con algo significativo.

Otra cuestión muy frecuente era la tendencia marcada a confundir la aceptación con la resignación. Una de las participantes del grupo nos respondió algo indignada que cómo ella iba a aceptar la rabia que le producía el acoso laboral al que estaba siendo sometida. Muchos otros se sintieron identificados con este comentario, y no es para menos, porque, ciertamente, puede prestarse a la confusión. Lo que le devolvimos sería el punto que nos sirvió para redirigir todas nuestras intervenciones. Ella no debía aprender a aceptar la rabia y a no emprender ninguna acción, sino que aceptar o poder convivir con esa rabia sería el primer paso para darse cuenta de qué estaba sintiendo. Aceptar esa rabia podía permitirle pensar de dónde venía esa rabia y actuar tomando las medidas que ella considerase adecuadas. Hasta ese momento se había dedicado a luchar contra esa rabia aislándose del resto de compañeros y evitando muchas situaciones en el contexto laboral, que además estaba empeorando la situación de acoso al darle más poder a su acosador.

Esto nos hizo cambiar nuestras intervenciones porque, una vez aceptada la emoción, una vez se toma conciencia de qué se está sintiendo, el siguiente paso es ver por qué ha aparecido dicha emoción. Se trataba no sólo de desarrollar una actitud más empática hacia uno mismo, dejando espacio para este tipo de experiencias, sino de poder conectarlas con los sucesos de la vida de uno para ver cómo nos posicionamos ante estos. Fue entonces cuando uno de los pacientes dijo: ¡menos mal que tengo ansiedad, porque esta señal de mi cuerpo me ha ayudado a darme cuenta del lío en el que me estaba metiendo!


sábado, 8 de octubre de 2016

La clave para que una terapia funcione de verdad

Si pudiésemos saber cuál o cuáles son los factores de los que depende que una determinada terapia sea efectiva con un paciente, ¿qué sería lo más importante? ¿Hay reglas generales sobre qué es lo más efectivo en una psicoterapia? Y, en ultima instancia, ¿está en nuestra mano poder hacer que nuestra terapia sea más eficaz?

La realidad es que no existe un consenso general sobre qué es lo que convierte  una terapia en efectiva, aunque sí está algo más claro lo contrario, qué es lo que la hace poco efectiva. Sobre la primera parte, podemos decir que gran parte del debate surgió entre los representantes de distintos modelos de psicoterapia y de entender la salud mental. Tras la segunda guerra mundial, y ante la necesidad de atender a gran cantidad de veteranos que habían estado en el frente y necesitaban de tratamiento psicológico, fueron varios los autores que investigaron la eficacia del modelo conductista frente al psicoanalítico, que era el predominante en aquella época. Aunque los resultados de dichas investigaciones fueron dispares y algunos argumentan que hubo poco control en las variables contaminadoras, la cuestión giraba principalmente en torno a si un modelo u otro producía mejoras o no en los pacientes y si lo hacía de forma más rápida que el resto. Sin embargo, como decimos, no hubo resultados concluyentes en ninguna dirección.

Al tiempo, y con el auge del modelo conductista en psicoterapia, se comenzó a debatir sobre qué técnicas eran las que producían mejores resultados y para qué trastornos mentales. En este sentido tenemos la famosa desensibilización sistemática o la exposición para el tratamiento de cuadros de ansiedad como las distintas fobias (agorafobia, fobias simples o fobia social, por ejemplo ).  En la actualidad esta corriente continúa y existen manuales dedicados justamente a comprobar cuáles son las técnicas más efectivas para los distintos trastornos mentales. Otros investigadores alertaron sobre la influencia que el propio terapeuta tenía en la efectividad de la terapia. Estos afirman que dos terapeutas pueden aplicar las mismas técnicas y obtener resultados muy diferentes, dado que las características de personalidad y estilo del terapeuta influyen en el resultado de su intervención. Es decir, que no es algo meramente científico lo que ocurre en una terapia, sino que es más bien un encuentro humano en el que se ponen en juego los factores que aparecerían en cualquier otra relación social. Aquí tienen cabida los conceptos de transferencia, contratransferencia y, en definitiva, todo lo que tenga que ver con la relación íntima que se establece entre ambos, paciente y terapeuta.

Por otra parte, se ha visto también que hay variables que hacen que el paciente experimente una mejoría y que no tienen que ver directamente con lo que ocurre en la terapia. Estos son los llamados “factores extra-terapéuticos”, que están relacionados con cambios en el ambiente del paciente, tales como conseguir un nuevo trabajo o comenzar una relación de pareja, que pueden producir efectos de igual o mayor magnitud que los debidos a una terapia.



Entre toda esta amalgama de resultados e investigaciones aparece el estudio de lo que se conoce como “los factores comunes”, dentro del movimiento integrador. Desde esta postura se explica que la falta de diferencias que se suele encontrar en las diferentes psicoterapias se debe a que estas se basan y operan en función de unos principios comunes a todas ellas. Identifican los factores clínicos y teóricos que comparten las terapias, aquellos responsables del cambio terapéutico. Uno de los estudios más conocidos y llamativos fue publicado por Lambert, que explica que el cambio terapéutico es consecuencia en un 40% de factores extra-terapéuticos, en un 30% de factores comunes a todas las terapias, en un 15% debido al efecto placebo y las expectativas del paciente y, finalmente, en otro 15% es atribuible a las técnicas que se utilicen. Por tanto, en contra de lo que muchos hubieran pensado, el efecto placebo tiene un impacto equivalente al de las aclamadas técnicas terapéuticas. Esto, lejos de ser motivo para el desencanto, pone de manifiesto cuestiones que hemos mencionado antes, como la importancia de algunos aspectos que, se use la técnica que se use, siempre están en funcionamiento. Al fin y al cabo, parece que es el afecto lo que cura… 

jueves, 6 de octubre de 2016

¿COMO REALIZAR EXÁMENES DE ARÉA CON CeDeExám?

    Con CeDeExám se pueden generar  TRES tipos de exámenes:

    A) EXÁMENES GLOBALES de Convocatorias o Simulacros PIR

    B) EXÁMENES GLOBALES NUEVOS

    C) EXÁMENES PARCIALES  PERSONALIZADOS: Desde este apartado se pueden seleccionar  225 o 30 preguntas de un  área de  todos los exámenes de convocatorias, simulacros y preguntas “nuevas “que existen en la base de datos (mas de 10.000 preguntas).


 Ejemplo: quiero realizar un examen de 120 preguntas de las áreas de Psicopatología e Infantil, de las convocatorias del 2011 al 2015.

martes, 4 de octubre de 2016

¿Delirio o realidad? El caso del paciente E.Y. que nos dejó atónitos…




A veces un delirio es fácilmente identificable por lo extraño de la creencia, por lo fuera de la realidad que están las creencias que el paciente refiere, pero, en ocasiones la línea que separa la realidad de la locura es tan fina que llega a difuminarse.

El caso que presentaremos a continuación es un caso real de una mujer con el que nuestro equipo de salud mental trató varias veces en su ingreso en la unidad de hospitalización. 

La primera vez que tuvimos la oportunidad de verla la encontramos en posición fetal, agarrada a sus rodillas, entre el cabecero de la cama del hospital y la pared. No respondía a ninguna de las preguntas que le hacíamos y no se movía. Así permaneció durante dos días, pero con ayuda de la medicación y encontrándose más tranquila fue haciendo avances por conectarse con el entorno: primero  se tumbó en la cama, luego nos respondía con leves movimientos de cabeza y, finalmente, comenzó a hablarnos; primero con monosílabos y terminó por poder hablar con nosotros con mayor normalidad.  El motivo de su ingreso era que su pareja últimamente la encontraba más nerviosa y con una actitud suspicaz hacia él, además de presentar comportamientos bizarros como pintar las bombillas de casa o llevar gafas de sol oscuras con las luces apagadas.

Cuando pudimos comunicarnos con la paciente, lo primero que nos dijo era que no debíamos fiarnos de nada de lo que nos dijera su marido, puesto que este estaba decidido a hacerle la vida imposible desde que ella le había denunciado por maltrato. Según contaba, su marido bebía con frecuencia desde hacía años y en una de las veces que había llegado ebrio a casa este le había maltratado. Ella decidió no denunciarlo aquella vez, pero esta situación se produciría en más ocasiones  y acabó por denunciarle presentando un parte de lesiones, que nosotros pudimos verificar en el historial clínico de la paciente. Nosotros le preguntamos por las conductas extrañas que su marido describía a lo que ella respondía que este le había amenazado con que instalaría cámaras en las bombillas de su casa para espiarla sin que ella lo supiera y admitió ser cierto lo que su marido decía, al igual que decía que utilizaba esas gafas porque la protegías de que este la pudiera vigilar.

A nosotros nos parecía que podía existir un componente paranoide en aquello que decía ya que su marido decía que en ningún momento le había mencionado nada relativo a cámaras ni a que querría vigilarla, pero este también negaba la existencia de ningún tipo de maltrato. La paciente progresivamente insistía en un único punto: tenía miedo de volver a casa porque temía que su marido tomara represalias contra ella de diverso tipo y pensaba que su única solución sería  convertirse en una persona completamente sumisa a los deseos de este. Nos hacía dudar el hecho de que su actitud suspicaz estuviera dirigida los primeros días del ingreso hacia nosotros, ante lo que nos respondía que actuaba así porque tenía miedo de que su marido la hubiera conseguido ingresar en un psiquiátrico, algo de lo que le había amenazado en otras ocasiones. Progresivamente, había cada vez más hechos que nos hacían dudar, por una parte parecía que existían razones para pensar en el claro componente delirante de la paciente, pero por otra parecía que existían razones para pensar que lo que decía sobre su marido podía ser cierto. ¿Qué pasaba con aquel parte de lesiones? ¿Eran autoinducidas como afirmaba su marido o eran causadas por él? ¿Eran ambas cosas ciertas y ante las conductas extrañas su marido había respondido de forma violenta?


Pese a que el caso nos resultaba inquietante y nos preocupaba de cara a la evolución que tendría la paciente una vez que fuera dada de alta,  no pudimos responder con certeza ninguna de estas preguntas. Por más que investigábamos en una u otra dirección, siempre había razones que daban por cierta ambas opciones. Estos casos no únicamente suponen cuestionamientos a nivel profesional, sino también a nivel humano ya que uno siente gran parte de responsabilidad sobre qué podría hacer o cómo debería posicionarse ante estas situaciones. Y la verdad es que, aunque los profesionales podemos estar tentados de tomar posiciones más o menos radicales, esta no suele ser la mejor idea para ninguna de las partes.