jueves, 22 de septiembre de 2016

Las 4 condiciones para mejorar tu rendimiento al preparar el PIR



Hoy en día existen una gran cantidad de técnicas de estudio que se pueden adaptar a las necesidades de cada uno. Existen algunas que se basan más en aprovechar la parte visual, como los esquemas o el subrayado, y otras en la parte auditiva, como hacer ciertas rimas con la información a memorizar o incluso cantar los temas. Además, es fácil escuchar consejos de unos y de otros sobre qué puede funcionar para aprovechar mejor las sesiones de estudio.  
El objetivo de este artículo es exponer las cuatro condiciones que, sistemáticamente, han demostrado ser útiles para estudiar, es decir, para entender y memorizar la información con la que trabajamos. Alguna de estas claves seguramente será más conocida que otras, pero allá vamos:

1. Prestar atención. Es fundamental que durante las sesiones de estudio eliminemos cualquier tipo de distracción que pueda cambiar el foco de nuestra atención. Si por algo se caracteriza nuestra sociedad actual es por tener múltiples fuentes de información que reclaman de nuestra atención constantemente, entre otros tenemos, el móvil, la tablet, el ordenador o la televisión. Por ello, lo mejor será que antes de comenzar a estudiar nos aseguremos de que todos estos aparatos están desconectados o que no estén accesibles para que evitar desconcentrarnos con frecuencia. Además, es muy recomendable estudiar en zonas tranquilas donde podamos tener la seguridad de que no seremos interrumpidos por conversaciones de otros y cuestiones similares. Por ello, para poder asimilar la información es clave poder estar concentrados durante el tiempo necesario, sin distracciones.

2. Generar interés por lo que se estudia. Se sabe que aquello que despierta nuestro interés de forma genuina es mejor asimilado, probablemente porque también acabemos prestando una mayor atención y porque es congruente con toda una serie de esquemas cognitivos que facilitan la asimilación de la información. Es cierto que no siempre aquello que estudiamos nos resultará atractivo, pero sí podemos hacer un esfuerzo por dotar de un mayor interés lo que estudiamos, encontrando aquellos puntos que nos resulten más interesantes o que llamen nuestra atención. Es una cuestión de actitud!

3. Hacer conexiones. Una de las formas más potentes de retener información nueva y refrescar la que tenemos almacenada en nuestra memoria a largo plazo es hacer el trabajo de conectar la información que estemos estudiando en ese momento con otra que esté relacionada. Esto suele ocurrir de forma natural, pues normalmente al estudiar evocamos información relacionada que previamente hemos leído. En este caso, el consejo consiste en detenernos a hacer esta tarea de conectar toda la información, como si de una red se tratara. Sin duda será un tiempo muy bien invertido.

4. Practicar con la información y repasar. Poner en práctica o usar la información que hemos estudiado tiene un doble efecto, por un lado garantiza que hemos comprendido bien lo que hayamos estudiado y en el propio proceso de emplear la información entenderemos mejor algunos aspectos que se nos hayan podido pasar. Esto se puede realizar de múltiples maneras, como  los simulacros o la resolución de preguntas relacionadas con el asunto en cuestión. Por otra parte, la importancia de repasar es vital en el estudio, pues con buenos repasos garantizaremos no olvidar lo que estudiamos. Aquí la clave es saber cuándo repasar, que no sea ni con demasiada frecuencia con lo que perderíamos tiempo para avanzar en materias nuevas, ni haciéndolos demasiado espaciados, corriendo el riesgo de olvidar la información. Para ello, desde CEDE os ofrecemos las herramientas de CedeExam y CedeMemory, donde estos mismos principios se ponen en práctica.

viernes, 16 de septiembre de 2016

¿Es importante que un psicólogo haya hecho su propia terapia antes de dedicarse a la clínica?



Siempre se ha escuchado eso de que los psicoanalistas deben psicoanalizarse antes de poder atender pacientes, pero ¿realmente es necesario que cualquier psicólogo haga su propia terapia? Y, en todo caso, ¿cuáles son las ventajas de hacerlo?

En primer lugar, empecemos por analizar qué lleva a los psicoanalistas a pasar por el diván no menos de 3 días por semana durante varios años en el periodo de formación. El objetivo que se busca es doble; por un lado es la mejor forma de aprender a hacer terapia, ya que todo terapeuta comienza imitando a sus maestros con sus primeros pacientes. Además,  la idea es que el futuro analista podrá conocer mejor cuáles son sus propios conflictos, tomar conciencia de ellos y así no proyectar en el paciente su propia problemática o, al menos, ser consciente de cuándo esto puede ocurrir. De algún modo, lo que se busca es que el terapeuta esté tan libre de sus propias inhibiciones como sea posible, para así poder acercarse de manera menos sesgada al inconsciente de su paciente.

La pregunta que sigue es obvia, ¿si no soy psicoanalista ni pretendo seguir ese modelo debo hacer una terapia personal? La respuesta es que es recomendable hacer cualquier tipo de terapia –por supuesto, no necesita ser terapia psicoanalítica- si uno quiere dedicarse a la psicología clínica.  En este sentido, suele ser común que uno haga una terapia del modelo al cual pretende dedicarse; antes citábamos el psicoanalítico, pero también es frecuente que un terapeuta de familia sistémico analice su propia dinámica familiar en el contexto de una terapia personal. Las razones para hacerlo son muy diversas, pero se ha demostrado sistemáticamente que aquellos terapeutas que antes han pasado por el papel de pacientes pueden entender mejor las demandas de sus clientes. El ser terapeuta dota a la persona de un estatus muy poderoso y con una enorme capacidad de influencia, que puede ser usada de forma positiva, pero en ocasiones puede responder a otro tipo de cuestiones más relacionadas con la historia personal del terapeuta. Por ejemplo, si el paciente al que atiente un terapeuta tiene dificultades con los mismos asuntos que este, puede intentar buscar que su paciente lleve a cabo aquellas soluciones que él mismo no ha podido realizar y reaccionar de manera virulenta en caso de que no lo haga.

No podemos olvidar que al fin y al cabo una terapia no deja de ser un encuentro humano que progresivamente se torna más íntimo y en el que se analiza al paciente desde el bagaje e historia personal del terapeuta, como no podría ser de otra forma. Por ello, el requisito mínimo consistirá en conocer, mediante el tipo de terapia que sea, cuáles son los puntos de conflicto personales más importantes. Una vez hecho esto y abordadas estas conflictivas, podremos saber si estamos proyectando en el paciente necesidades propias, viviendo a través de él experiencias que deseamos o compensando carencias de nuestra propia historia.

Las consecuencias de no hacerlo aparecen incluso en terapeutas experimentados, que actúan deseos o intenciones, tomando actitudes radicales frente a decisiones vitales del paciente, diciéndoles directamente qué deberían hacer o oponiéndose firmemente a determinadas decisiones que corresponde al paciente tomar. Antes mencionábamos como ejemplo a los terapeutas de familia, en estos casos la supervisión de que no se caiga en este tipo de dinámicas ocurre en todo momento ya que estos son observados por otro equipo de terapeutas detrás de un espejo unidireccional. Con ello, se busca no sólo mantener la neutralidad del terapeuta, sino aportar puntos de vista diferentes con los que enriquecer las intervenciones que se estén realizando.

En cualquier caso, y como aclaración final, la terapia personal no constituye de ninguna forma una suerte de antídoto ante la mala praxis, de ningún modo. El terapeuta, llegado el momento podría actuar de forma negligente a sabiendas de que lo está haciendo, pero eso ya tendrá que ver con otras cuestiones independientes de la terapia que haya hecho… 

martes, 13 de septiembre de 2016

Convocadas 128 plazas de formación sanitaria especializada para PSICÓLOGOS

  BOE13.09.2016                             MAS INFORMACION EN www.pir.es


Calendario de las pruebas selectivas

Plazo de presentación de solicitudes: Del día 19 al 28 de septiembre de 2016.

Exhibición de las relaciones provisionales de admitidos: A partir del día 11 de noviembre de 2016.

Exhibición de las relaciones definitivas de admitidos: A partir del 29 de diciembre de 2016
.
Fecha del ejercicio: Sábado, día 28 de enero de 2017.

Exhibición de las plantillas de respuestas correctas: A partir del día 6 de febrero de 2017.

Plazo de reclamaciones a las plantillas de respuestas correctas: Días 7, 8 y 9 de febrero
de 2017.
Reunión de las Comisiones Calificadoras para resolver las reclamaciones presentadas:
Día 21 de febrero de 2017.

Exhibición de las relaciones provisionales de resultados: A partir del día 28 de febrero de 2017.

Exhibición de las relaciones definitivas de resultados: A partir del día 24 de marzo de 2017.

Actos de asignación de plazas: A partir del día 10 de abril de 2017. Conforme al calendario
que aprobará la Dirección General de Ordenación Profesional.
Plazo posesorio para incorporación: del 22 al 26 de mayo de 2017, ambos inclusive.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Tres pasos para abandonar cualquier adicción


En el DSM-IV  se definía una adicción de esta forma: “la característica esencial de la dependencia de sustancias consiste en un grupo de síntomas cognoscitivos, comportamentales y fisiológicos que indican que el individuo continúa consumiendo la sustancia, a pesar de la aparición de problemas significativos relacionados con ella.” Sin embargo, hay distintos tipos de adicciones, las personas no sólo se vuelven adictas a determinadas sustancias químicas sino que también existen adicciones comportamentales, como ocurre en el juego patológico o con el abuso del teléfono móvil. Esta evidencia clínica se refleja en el nuevo manual diagnóstico DSM-5.

Pero, independientemente de la gravedad o del grado de repercusión en la vida diaria de la persona, ¿cuáles son las condiciones necesarias para superar una adicción?


1.      Tomar conciencia de ella: tomar consciencia del problema puede ocurrir en dos momentos diferentes. Existe una primera etapa, que en algunos casos lleva tiempo asumir y que normalmente aparece cuando las personas del entorno señalan las consecuencias negativas que la adicción está produciendo, en la que la persona precisará tomar consciencia de que presenta una problemática relacionada con una adicción determinada, por ejemplo a la cocaína. Pero además de saber que tiene una adicción a la cocaína deberá identificar o “sentir” cuándo está actuando o dejándose llevar por dicha adicción. Por decirlo de otra manera, deberá poder identificar el momento exacto en el que se ve tentado a realizarla, ya que todas las adicciones tienen un gran componente de impulsividad. Para ello se ha demostrado muy efectivo realizar ejercicios de meditación en los que la persona tome una mayor consciencia de sí mismo y de los estados emocionales que presenta. Por ejemplo, para dejar de fumar se está empleando con resultados muy positivos el mindfulness.


2.      Programación conductual: en los primeros momentos en que el paciente se dispone a superar su adicción pasará por infinidad de situaciones en las que anteriormente desarrollaba dicha adicción. Ejemplos de esto son los bares o cafeterías para alguien con alcoholismo, casinos para ludópatas o clubes nocturnos para alguien que consume anfetaminas. Para poder redefinir sus conductas en estos contextos tendrá dos opciones: la evitación o el escape. La primera consiste en prever cuáles son las situaciones peligrosas o que incitan al consumo y desarrollar estrategias para evitarlas así como proveerle de conductas alternativas. Sin embargo, si se encuentra sin desearlo en una situación potencialmente peligrosa, como podría ser, por ejemplo, encontrar por la calle a la persona que le facilitaba la sustancia que consumía, tendrá que poder estar entrenado en estrategias de escape de estos eventos.


3.      Conocer por qué: aunque los dos pasos anteriores son fundamentales en un primer momento, de cara a que sean efectivos en un medio o largo plazo, será necesario analizar qué circunstancias de la historia personal del individuo le han llevado a recurrir a estos patrones de conducta. Poder darle un sentido a por qué actúa de esa determinada manera no sólo es fundamental para tomar una mayor consciencia del problema, sino que será necesario para poder cambiar las dinámicas que repetía esta persona que le llevaban a sostener una adicción.






lunes, 5 de septiembre de 2016

Historia sobre un caso real de tratamiento de trastorno de pánico con agorafobia.

El caso que presentaremos a continuación es un caso real, del que, por motivos de confidencialidad, omitiremos datos personales. El objetivo de presentar este caso es el de ilustrar de la forma más verídica posible cómo algo tan aparentemente sencillo desde el punto de vista sintomatológico como las crisis de angustia pueden presentar una explicación causal rica en detalles que, si se pasa por alto, puede pasar completamente inadvertida.

La paciente de la que hablaremos es una mujer joven, de unos 20 años de edad aproximadamente, que acude a consulta del Centro de Salud Mental presentando frecuentes sensaciones punzantes en el pecho, con dificultad para respirar y mareos. A esto se le suma una marcada evitación del transporte público o de lugares concurridos, así como de ir sentada en el asiento del copiloto en el coche, pero sin dificultades si es ella quien conduce. En un comienzo, explica que ha acudido a diversos especialistas médicos por pensar que se trataba de que algo le estaba ocurriendo en el corazón, ya que en la primera crisis de angustia creía literalmente que podía morir, pero han descartado cualquier causa orgánica subyacente a estos fenómenos. Ante la pregunta casi obligada de si ella relaciona estos síntomas con algún evento reciente en su vida, explica que no, aparentemente todo está como de costumbre y han aparecido estas sensaciones. Por un momento, en la primera entrevista, dejamos a un lado la exploración psicopatológica y me cuenta que se encuentra cursando la carrera de derecho, que tiene un hermano de edad similar y que conviven con su padre, puesto que su madre, que vivía también con ellos, ha fallecido hacía unos 6 meses. Cuando menciona este hecho, me llama enormemente la atención cómo su gesto cambia radicalmente y, ante la pregunta de cómo fue para ella la vivencia de esta situación, la paciente comienza a llorar desconsoladamente. Cuenta que su madre fallece de un infarto de corazón mientras estaba sentada en el asiento del copiloto y su padre conducía, dejándoles a toda la familia en estado de shock por lo inesperado y traumático del evento. En sucesivas sesiones vemos cómo tanto ella como el resto de su núcleo familiar intentó pasar página lo antes posible, imposibilitando una elaboración del duelo adecuada. La propia paciente lo describía así: “es como si de repente hablar de mamá se hubiera convertido en un tabú y todos estuviéramos ocupados con la rutina diaria […] aunque al ser yo la mujer de la casa me ocupé de intentar tapar el hueco que ella dejó al morir”. Todo ello había funcionado así hasta que la paciente enferma, momento en que el resto de familiares comienzan a ocuparse de ella y de su bienestar.

Con este resumen de los hechos, ¿qué podemos decir sobre la relación que estos tienen con el cuadro de ansiedad que presenta la paciente? 

La primera tarea de la terapia consistía justamente en poder relacionar estos síntomas con alguna vivencia de la paciente. Aunque podría parecer algo relativamente obvio desde fuera, inicialmente ella no relacionaba la muerte de su madre y los posteriores eventos o dinámicas en las que ella y su familia entraron con los síntomas que refería. Partiendo de la base de que la ansiedad puede ser entendida como una señal de peligro, una señal de alarma que nos avisa de que algo puede estar yendo mal, fue ella misma la que llegó a la conclusión de que haberse encargado de todas las tareas que hacía su madre en la casa a expensas de poder tener un espacio en el que llorar su pérdida tenía que ver con lo que le ocurría. Parecía que tanto el ser consciente de que estaba de algún modo suplantando a su madre y, por otra parte, no darse la oportunidad de digerir lo ocurrido la estaban sobrecargando.

No obstante, esto era sólo la punta del iceberg. Aunque la paciente inicialmente no se permitía conscientemente recordar a su madre en su día a día, sí lo hacía con las crisis de ansiedad que presentaba. En concreto, los síntomas que experimentaba y el temor que decía tener ella lo relacionaba con aquello que ella imaginaba que su madre debió haber sufrido. En concreto, si su madre había fallecido de un infarto ella presentaba punzadas en el pecho izquierdo junto al temor a tener un infarto, además, la angustia sufrida al viajar en el asiento del copiloto y no en ningún otro lugar del coche, parecía sólo explicable por la repetición de lo vivido por ella. Como si de un puzzle con las piezas sin encajar se tratase, ella fue percatándose de que estaba volviendo a vivir toda una serie de acontecimientos que anteriormente había vivido su madre y que, en su imaginación, eran la causa de lo que le había ocurrido a su madre.  Se percibió envuelta en relaciones familiares tóxicas de cuidados y dependencia que ya anteriormente había vivido su madre con gran angustia, como ella misma pudo leer en un diario de su madre y que ahora le estaban afectando a ella.

Poco a poco fue dándole sentido a aquello que le ocurría y a medida que esto pasaba, los síntomas que le avisaban del peligro iban desapareciendo. No obstante quedaba algo fundamental ¿por qué tuvo que ponerse enferma con un cuadro de ansiedad para poder hablar de su madre? Sentía que era necesario romper aquel tabú, pero ¿qué precio habría que pagar? Parecía que sólo podría abordar el asunto desde estos síntomas que ella relacionaba con su madre y que podía exponer a sus familiares cercanos.


 Aunque aquí hemos tratado de resumir en qué consistió la terapia, el trabajo fue múltiple; comenzando por una elaboración de la pérdida y las fantasías asociadas, una rehubicación de roles y por poder tener un espacio donde abordar las vivencias asociadas que afectaban también a su propia identidad. Como se puede comprobar, si nos hubiéramos limitado a enseñar técnicas para calmar la ansiedad o a prescribir algún tipo de fármaco para esta (no obstante, ambas cosas se hicieron paralelamente al abordaje aquí descrito), poco de lo que la paciente descubrió podría haber ocurrido.

martes, 30 de agosto de 2016

Cuatro maneras de detectar mentiras que los psicólogos utilizan


Son famosas las películas en las que hay un sospechoso del que se intenta saber si hizo o presenció determinados hechos y para ello se intentan diversos métodos de los más variopintos. Estos van desde el famoso suero de la verdad o pentotal sódico a técnicas de tortura que, por desgracia, no sólo ocurren en el cine. También se recurre a la antigua y legendaria perspicacia de determinados investigadores que con el tiempo se hicieron famosos por su intuición para resolver estos casos.

Como psicólogos clínicos, en algunas ocasiones menos glamurosas que las de las películas, se nos preguntará sobre el grado de fiabilidad de lo que dice determinado paciente o haremos un peritaje de alguna persona. A continuación, analizaremos brevemente algunas técnicas y consideraciones que son útiles para intentar conocer la verdad de lo que buscamos.

1. Técnicas psicofisiológicas. Hace ya cientos de años el médico árabe Avicena se percataba de que cuando hacía determinadas preguntas, el ritmo cardíaco de sus pacientes cambiaba a consecuencia de estas. Es cierto que existen variables fisiológicas como la respiración, la frecuencia cardiaca o la respuesta galvánica de la piel que pueden ser indicativas del estado emocional de la persona, aunque no para saber directamente si se dice o no la verdad. La idea que subyace a estas es la de que  si el nivel basal de determinada respuesta es uno, cuando haya un cambio, esto será significativo de que algo ha ocurrido. Por ejemplo, si se le acelera el corazón a una persona cuando se le pregunta si conoce el nombre de la víctima de un atraco, podemos concluir que ese asunto es relevante para la persona de algún modo. No obstante, no podemos afirmar mucho más sólo con esto, ya que esta respuesta podría deberse a muchos factores. Para intentar controlar esos factores y conseguir que la respuesta sea lo más significativa posible de lo que buscamos obtener, se realizan muchas preguntas en las que se mide la respuesta del sujeto a preguntas novedosas y se busca que la persona se adapte al uso de la técnica. Con ello podremos obtener respuestas psicofisiológicas que nos guiarán en el proceso.

2. Poli bueno vs poli malo. Pese a que todos tenemos en la cabeza la imagen de interrogatorios en los que hay un detective que amenaza de alguna forma al interrogado, llegando incluso a utilizar métodos de coerción física, la realidad es que son extremadamente poco útiles. Lo que se ha visto sistemáticamente es que, ante amenazas o castigos, es muy probable que el interrogado en cuestión hable, la cuestión es que lo que diga será lo que piensa que se espera oír de él. Por el contrario, y de forma más relacionada con nuestro campo, que el paciente o testigo en cuestión perciba que está siendo tratado de forma justa y empática hace mucho más probable que acabe confesando aquello que ha realizado. Especialmente por quitarse de encima la posible culpa que puede sentir.

3. El relato de los hechos. Un índice frecuentemente usado para considerar la veracidad de aquello que se cuenta es la coherencia del relato de los hechos y la rigidez del mismo. El poder contar de forma natural aquello que ocurrió de distintas formas y incluso cometer pequeños errores o despistes son señales de veracidad frecuentemente. Por el contrario, si la persona cuenta lo ocurrido siempre del mismo modo, dando detalles que habitualmente pasarían desapercibidos y siguiendo la misma línea argumental podría hacernos dudar.

4.Resonancia afectiva. Este fenómeno es frecuentemente considerado en psicoterapia  y hace referencia al grado en que aquello que cuenta el paciente es capaz de suscitar los mismos sentimientos en el terapeuta. Por ejemplo, si una persona cuenta cómo sufrió al perder su trabajo y lo difícil que fue para él llegar a fin de mes, probablemente hará que el terapeuta perciba en sí mismo determinadas emociones relacionadas con ello. Sin embargo, en algunas ocasiones ciertos relatos no producen ninguna respuesta emocional en el paciente ni en el terapeuta, y, cuando se trata de comprobar la veracidad de los hechos, es otro indicio que puede hacernos dudar.


Aquí hemos mencionado sólo algunos de los factores que se toman en consideración a la hora de descubrir si determinados eventos son reales o no. La realidad es que para llegar a esta conclusión, el experto toma en consideración toda una constelación de factores y sus interacciones entre sí en función de la personalidad y singularidad del individuo para emitir su juicio. En cualquier caso, como es de esperar, siempre habrá cierto margen para el error.

viernes, 19 de agosto de 2016

¿Quieres aprobar el PIR? Entonces hay 4 cosas qué NO deberías hacer


Los aspirantes al PIR escuchan con frecuencia consejos de qué hacer para estar mejor preparado para el día de la prueba. Ya sean rutinas de estudio, de cómo afrontar la prueba o su preparación así como de los descansos que se deben realizar, todos ellos suelen tener en común que se hable de qué es lo recomendable hacer y no tanto que es lo que NO suele ser buena idea hacer.

A continuación trataremos de cuatro asuntos que, por la experiencia en la preparación del PIR, hemos visto que no suele conducir a buenos resultados:

1. ¡A ver qué tal sale este año! Es cierto que no es fácil aprobar el PIR a en la primera convocatoria, pero asumir que el primer año uno se prepara sabiendo que no lo va a aprobar es un grave error. La preparación del PIR, sea con el resultado que sea, con lleva un gran esfuerzo mental y físico, por lo que  autolimitarse con la idea de estudiar sabiendo que “difícilmente aprobaré” supone colocar uno mismo un obstáculo añadido a los otros muchos que ya hay. Esta actitud suele facilitar que la motivación decaiga con facilidad, que el estudio no acabe siendo provechoso y, en definitiva, supone que el tiempo que uno dedica a prepararse el PIR esté mal invertido. Lejos de estar más preparado para el siguiente año, lo que ocurre es que uno, lógicamente, se encontrará más cansado y desmotivado para dedicarse a estudiar al nivel necesario para intentarlo un año más. No se trata de una cuestión de optimismo desenfadado, sino de que, ya que prepararse el PIR es un esfuerzo importante, lo ideal sea hacerlo pensando o intentando sacarlo ese año, aunque después el resultado no sea el deseado, pero, sin duda, será mejor que hacerlo convencidos de que no será posible sacarlo.

2. No planificar descansos. El contrario a la actitud descrita en el punto superior es el esforzarse tanto que uno acabe agotado antes de la prueba. El PIR no es una carrera de velocidad, sino que se asemeja más bien a una carrera de fondo en la que administrar nuestras energías resulta absolutamente fundamental. Al igual que mantener un ritmo de estudio adecuado, poder planificar días en los que recuperarse del esfuerzo realizado durante la semana es importante para poder seguir manteniendo la constancia necesaria.

3.  No estudiar las horas necesarias. Este es un tema a menudo controvertido, pero hemos de ser honestos con nosotros mismos. Antes de prepararse el PIR es aconsejable que uno haga el ejercicio de pensar si es esta opción la que realmente quiere, sea por el motivo que sea. Si la respuesta es positiva y se decide prepararlo en serio, esto implica asumir que tendremos que dedicar un número de horas relativamente alto. Lo que vemos es que, independientemente del método de estudio usado, de la persona y de otros muchos factores que, lógicamente, están en juego, la media de horas dedicada por los que lo aprueban es superior a aproximadamente 6-7 horas al día. Es cierto que hay casos muy concretos de personas que, con menos tiempo, pudieron conseguirlo, pero la realidad es que una vez tengamos una buena rutina de estudio seguramente tengamos que dedicar este tiempo durante al menos 5 ó 6 días a la semana, dependiendo de lo cerca que esté la prueba. Ahí están los datos.

4. Prepararse el PIR pensando que es la única opción. Pese a que es totalmente recomendable y positivo tener claro que uno desea formarse como psicólogo clínico, prepararse para la prueba manteniendo que si uno no lo consigue no tendrá ninguna otra opción para trabajar, añade una enorme presión y exigencia que harán que el estudio se viva como más estresante. Insistimos, no tiene que ver con que uno quiera con todas sus fuerzas sacar su deseada plaza PIR, sino con asumir la eventualidad de que si eso no fuera posible existen otras muchas opciones con las que desempeñar el trabajo que uno desea. Es un poco como aquello de que cuando uno intenta conciliar el sueño y no para de pensar en que necesita dormir, acaba por no conseguirlo, pero cuando comienza a pensar en otra cosa, sin darse cuenta cae rendido.