miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dándoles voz a los pacientes con enfermedad mental

Alejandro Muriel Hermosilla
Residente PIR HGU Gregorio Marañón
Visitante en Yale University – CMHC (EEUU)


No cabe duda de que la situación en la que viven las personas con enfermedad mental grave ha mejorado sustancialmente si la comparamos con lo que ocurría, por ejemplo, 100 años atrás. Y incluso más si nos remontamos más lejos en el tiempo, cuando estas personas vivían completamente al margen de la sociedad. En la actualidad, se ha hecho un esfuerzo por concienciar tanto a las familias como a la sociedad en su conjunto sobre la importancia de la rehabilitación, donde le lucha contra el estigma y fomentar una mayor autonomía de estas personas juega un papel fundamental.

Actualmente, en nuestro país existen recursos como los Centros de Rehabilitación Psicosocial (CRPS) o dispositivos de larga y media estancia, por donde los PIRES rotamos durante la residencia, cuya función es la de proporcionar las estrategias y el contexto adecuados para los pacientes y sus familias. En función de las características de cada persona, se le destina a un dispositivo u otro, donde, después de valorar cuáles son los retos en cada caso, se planificará una intervención. Esto, de alguna forma, supuso una revolución en el campo de la psiquiatría y de la salud mental en general, pues se parte de la base de que existe la posibilidad de una  eventual rehabilitación.

No obstante, hay algunos aspectos de la rehabilitación que aún no se tienen en cuenta con la suficiente importancia y que, al final, impiden una autentica recuperación de estos pacientes. Hay grupos de trabajo que comienzan a hacerse las siguientes preguntas: ¿Por qué siempre el criterio del médico o psiquiatra debe ser el que dicte qué se debe hacer? ¿Se da aún mucha importancia a la figura del  profesional de la salud mental frente a la del paciente en la toma de decisiones?

Recientemente conversaba con un veterano de la guerra de Vietnam, que había sido diagnosticado hace años de Trastorno de Estrés Postraumático y me decía que estaba harto de que los médicos y psicólogos hablasen por él sobre qué le pasaba. Qué era lo que debía hacer y cuáles eran sus objetivos vitales parecía que era algo que pudiera decir alguien con bata blanca sobre una hoja de papel. Cansado de esta situación había decidido comenzar a formarse en conocer mejor qué era exactamente lo que le pasaba para convertirse en un asesor de personas que estaban pasando por las mismas situaciones que el había tenido y, sobre todo, dando voz al colectivo de personas que con este diagnostico.

Una de las cosas a las que mayor importancia le daba era a la posibilidad de decidir qué tipo de tratamiento era el que necesitaba en función de qué objetivos tenía cada persona en su vida. Con demasiada frecuencia asumimos un modelo de “salud mental” donde se encaja a todos los pacientes de manera más o menos uniforme, en lugar de intentar adaptar la intervención (también la farmacológica) a estos objetivos vitales. Por ejemplo, esta persona me comentaba cómo es habitual que si la persona que tiene esquizofrenia tiene una relación de pareja y manifiesta dificultades para tener relaciones sexuales fruto de los efectos secundarios de su medicación, los psiquiatras suelen minimizar la importancia de este objetivo, entendiendo que lo prioritario en este caso será mitigar sus síntomas.

Durante mucho tiempo, y aún hoy, estamos acostumbrados a que una figura de autoridad recomiende qué deben hacer a las personas con enfermedad mental grave. En cambio, todavía resulta chocante que puedan agruparse en colectivos con voz propia en los que expresen no sólo sus preocupaciones y deseos, sino que ellos mismos decidan cuál debe ser el rumbo necesario para su propia recuperación. Ser agentes activos de su propio proceso de recuperación, con una colaboración puntual de los profesionales de la salud mental, más como facilitadores que como directores de su recuperación, es algo que aún parece fuera de nuestro alcance. Hay demasiadas barreras que saltar. Como decía este veterano: “No necesito que en la agrupación de personas con PTSD haya un psicólogo contando qué es lo que nos pasa y hablando por todos nosotros, ¡para eso ya estamos nosotros mismos!”.


lunes, 5 de diciembre de 2016

¿Por qué sabes que me atraes?



Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe

¡Te lo diré!
“Aquello que veo en ti que me hace suponer que te gusto es que muestras los hombros levantados (lo que denota apertura hacia la otra persona), mueves los pies hacia el interior (en ademán de no intimidar a la otra persona y no generar sensación de amenaza), las palmas de tus manos están vueltas hacia arriba (expresa relajación, apertura y accesibilidad, rehuyendo de la defensividad) y tu frente está arqueada (agachando la cabeza y mirando hacia arriba desde debajo de la frente, lo que invita a un acercamiento). Y para más inri tus pupilas se han dilatado y nuestros cuerpos están alineados (la atracción hace que haya una absoluta alineación de los pies). Además, cuando estás conmigo sonríes más y miras más a los ojos que de costumbre, te acicalas más (p. e.: mesarse el cabello), tu postura es más erguida, empujas los hombros hacia atrás y el pecho hacia fuera y hablas mucho de ti (lo que haces y lo que tienes). Por cierto, también me he dado cuenta que aumentas más el contacto físico (es suave y espontáneo, como a modo de casualidad), nuestra conversación fluye y me preguntas por mis aficiones haciendo que el tiempo pase rápido. Me hace gracia cuando te humedeces los labios y posturalmente resultas mi eco (copia de los movimientos del otro). Es increíble como nuestros movimientos son acompasados y no individuales, a modo no tanto de una mera imitación sino una sincronía. Por cierto, he detectado signos de nerviosismo, ya que no parabas de colocarte la ropa o retirar la mirada cuando yo te la devolvía. Así que, no sé si ahora mismo te atreverías a repetir esa pregunta… Por cierto, la mejor forma que tengo de saber si te atraigo siempre será preguntártelo y con estas claves, amén de tu pregunta inicial, has hecho que me atreva a hacerlo”.

Tipos de atracción
Aunque previamente se ha tratado la atracción desde lo gestual y/o una parte de la comunicación no verbal (proxémica), la psicología social ha estudiado la atracción definiendo diferentes variantes. En la línea de lo previo, nos centraremos en la atracción aludiendo a una interrelación entre mujeres y hombres, ya que contiene un mayor volumen de investigación. Siguiendo un orden jerárquico en función de mayor probabilidad de aparición en las relaciones  heterosexuales –en cualquier modalidad-, estos serían diferentes tipos de atracción:

  •      Atracción de amistad: es la más habitual y tiene lugar cuando alguien te agrada y disfrutas de su compañía pero sin más pretensión.
  •     Atracción física/sexual objetiva: pensar en el atractivo de la otra persona como algo general, pero no sentir la atracción sexual. Influido por la amistad que mitiga su tendencia a la atracción sexual subjetiva.
  •     Atracción física/sexual subjetiva: atracción física que deriva en que se quiera hacer al sexo parte de la relación. Tiende a decrecer con el tiempo.
  •      Atracción romántica: la otra persona te resulta sexualmente atractiva y consideras el que la amistad pase a ser una relación.


Lo que resulta obvio es que la atracción hace que interesemos y que nos interesen, que busquemos y que nos busquen así como que sintamos y sientan por nosotros. Decía Flaubert, a modo autobiográfico, que “evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas, de las que ya no se vuelve”. El planteamiento puede parecer imposible a la luz de lo descrito previamente ya que más allá de los elementos que sirven para comprobar si existe atracción, ésta aparece sin que muchas veces podamos darnos cuenta o buscar un porqué. Al fin y al cabo, “el deseo de lo imposible es la enfermedad de la inteligencia” (T. Browne) y, por más que nos pese, estamos encadenados  a elementos que influyen en nuestro comportamiento y que difícilmente podemos controlar. Sentir atracción, en la complejidad de las relaciones humanas, supone algo tan caleidoscópico que pese a nuestras pretensiones reduccionistas, seguirá siendo un misterio.

¿Te ha parecido interesante? ¿Quieres que abordemos más temáticas relativas a la psicología social? 

Bibliografía
Leathers, D. G., & Eaves, M. H. (2008).  Successful nonverbal communication: principles and applications. Boston, MA: Pearson/Allyn and Bacon.

Link para ampliar información
    https://www.psychologytoday.com/blog/valley-girl-brain/201504/the-four-types-attraction

viernes, 2 de diciembre de 2016

6 Consejos para superar con éxito la última etapa de tu preparación

Estamos a pocos meses de que tenga lugar el día del examen y, después de tanto tiempo estudiando, ahora conviene tener en cuenta ciertos factores para optimizar tu preparación en el tiempo restante. Aún queda un tiempo muy valioso, saberlo usar adecuadamente marcará la diferencia.


1.      Centrarse en las materias fundamentales: A estas alturas de la preparación, vuestro esfuerzo deberá centrarse en preparar a fondo aquellas materias más demandadas en la prueba, más que en intentar ampliar más material. Sólo en el caso de que tengáis la seguridad de que las “materias fuertes” las tenéis dominadas tendría sentido dedicarle tiempo a otras. Recordad, la idea ahora es optimizar al máximo los esfuerzos que hagáis en función del tiempo disponible.

2.      Realizar esquemas: Tras varios meses estudiando tantísima cantidad de información de materias tan diferentes, es un momento excelente para que, cuando las estéis revisando, hagáis esquemas donde se sinteticen los conceptos más importantes de cada una. Esto no sólo es fundamental para resumir la información, sino también para tener una imagen global de la materia, que después podréis ir completando con el resto de datos. Para ello son muy útiles los mapas conceptuales y/o mapas mentales. Existen algunas herramientas online que te permiten crearlos de forma personalizada.


3.      Repaso, repaso y repaso: Aunque no es buena técnica dejar todos los repasos para el final, mejor será tarde que nunca. Es preferible comenzar a repasar las materias con tiempo porque con esto podréis mantener activa la información en vuestra memoria hasta el día de la prueba y porque servirá para poder relacionar los conceptos de las diferentes asignaturas con mayor facilidad, algo esencial en una prueba como el PIR. En estos momentos viene como anillo al dedo utilizar el sistema CedeMemory con aquellos temas que encontréis más difíciles. No será recomendable utilizarlo con todas las materias, considerando el tiempo restante, pero servirá para organizar con facilidad los repasos necesarios de pequeñas áreas.

4.      Pregunta las dudas a tiempo: si durante este tiempo has reparado en conceptos que no has entendido bien y aún no los has consultado, aprovecha para aclararlos ahora.  Estás a tiempo de solucionarlo con calma y así poder asentar mejor el conocimiento, no es recomendable dejarlo para las últimas semanas.

5.      Simulacros, cuantos más mejor: estos son una forma excelente de prepararte para el día del examen porque se podrá simular (nunca mejor dicho) el tiempo y esfuerzo requerido en el momento real y tendrás la oportunidad de descubrir conceptos que no habías entendido bien. Pero además de estas razones, la realidad es que todos los años hay preguntas repetidas que aparecen en nuestros simulacros. Con la aplicación CedeExam tienes más de 18.000 preguntas con las que podrás practicar y analizar tu evolución.

6.      Descansos, igual de importantes que el estudio: Para poder seguir manteniendo el ritmo de estudio es necesario organizar pequeños descansos semanales en los que desconectar y rodearte de aquellas personas que te sirven de apoyo en estos momentos. No servirá de nada esforzarse más de lo necesario si esto al final conduce a agotarse y disminuir tu rendimiento. Planifica con tiempo qué días descansarás para poder dedicarte con más energía.


lunes, 28 de noviembre de 2016

El Perfil Psicológico de un Maltratador en la Violencia de Género


Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe

Introducción
Describir en pocas líneas algo tan aterrador como cuáles son los rasgos y/o características de la personalidad o comportamentales que caracterizan a un hombre que puede llegar a ejercer diferentes niveles de violencia psicológica y/o física a su pareja, llegando incluso a provocar su muerte, es una tarea compleja pese al volumen de investigación existente.

En primer lugar, y antes de proceder a una introducción de la realidad sobre esta terrible situación que existe en torno a la violencia contra la mujer –“violencia machista”- cabe señalar que, desde la entrada en vigor de la Ley española contra la violencia de género (Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre) han muerto, a mano de sus maridos/parejas/ex parejas, la angustiante cifra de 866 mujeres. En lo que llevamos de 2016 han sido 40 y, desgraciadamente, en el día previo a escribir estas líneas –realizadas en el Día Internacional de la Lucha Contra la Violencia de Género (25 de noviembre: Asamblea General de las Naciones Unidas/1999 a raíz del asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana por la policía del país)-, se produjo otra muerte más que incrementa el nauseabundo e impersonal mundo de las cifras y desnuda la aparente ineficacia de las medidas adoptadas.

Todos debemos concienciarnos de una realidad que describe lo arcaico y desigual (en cuanto a género) de una sociedad. Sólo huyendo de tópicos absurdos (“eso es de extranjeros”, “lo hacen los que no tienen estudios”, “las mujeres que lo sufren pueden escapar cuando quieran”, “a mí no me pasaría”, “no se puede hacer nada”, “ellas lo hacen igual pero no se registran los datos”, etc.; se puede afrontar el problema desde una perspectiva que trascienda a la triste realidad que nos dejan estas cifras despersonalizadas pero que se traducen en un número exponencial de personas que sufren de forma directa las consecuencias de esta lacra y en una sociedad que corre el riesgo de inmunizarse y olvidarse de algo que, por diferentes factores individuales, familiares y, sobre todo, sociales; deriva en que no resulte extraño que, en nuestro país, todas las semanas haya un suceso de violencia de género con final mortal para la una mujer. Debemos luchar con todas nuestras armas porque esto no ocurra. Sirvan estas palabras para introducir algo tan pequeño del problema como cuál es el perfil de los maltratadores que, aunque huelgue decirlo, pueden maltratar a cualquier mujer, sean cuales sean sus características.

Cómo son ellos
Tratando de evitar etiquetas holísticas pero adoptando un enfoque pragmático, probablemente son personas que tienen una escasa tolerancia a la frustración o al estrés (ante la mínima contrariedad –p. e.: el mero hecho de no  encontrar algo- culpan y/o agreden psicológica –insultos, humillaciones, etc.-, en forma de intimidaciones –amenazas, “portazos”, etc.- o incluso violencia física directa a su pareja), celosos (muchas veces con rasgos paranoides de la personalidad que generan situaciones como controlar las conversaciones de su pareja, amistades, interacciones, etc.), dependientes en las relaciones afectivas (dependencia emocional que deriva en que tiendan a humillar/reírse de su pareja para sentirse superiores e idealizar que nunca serán abandonados), seductores (habitualmente se muestran muy agradables con la gente de la calle y son tiranos en el hogar –pueden hablar mal a su pareja de alguien con quien luego ríen sólo con la finalidad de llevar a la mujer a la soledad-), dicotómicos y ambivalentes en la expresión de emociones hacia su pareja (tan pronto humillan como que idolatran creando un ciclo de dependencia) y, eso sí, no tienen que estar circunscritos a ningún estrato social concreto.

De forma más global, y aglutinando algunas de estas características, es obvio que perfiles de personalidad narcisista, paranoide, antisocial tienen, apriorísticamente, más probabilidades de ejercer violencia machista que otras estructuras de la personalidad, si bien no podríamos hablar de una asociación unívoca. En este sentido, un estudio español con maltratadores (condenados por sentencia) señalaría la mayor presencia de rasgos del trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad.  De igual forma, son más probables las patologías de celotipias (trastorno delirante), descontrol de impulsos (explosivos-intermitentes) o personas con adicciones (alcoholismo y/u otras drogas) que otras afecciones, pero vuelve a no darse una correspondencia directa y clara. Con cierta consistencia se ha hallado que el mero hecho de haber sufrido maltrato en la infancia supone un predictor mayor que alguno de estos factores o bien que, en realidad, supone un predictor de estos que, a su vez, lo son del maltrato. En todo caso se considera que intentar circunscribir la violencia machista  a la búsqueda de psicopatología y/o trastornos de la personalidad es innecesariamente reduccionista y no realista.

Es por esto que todos hemos de vigilar e incrementar nuestros niveles de alerta. Es una tarea prioritaria que va desde las propias mujeres posiblemente afectadas hasta su entorno más próximo y la sociedad en general. Estas u otras claves pueden ayudar a que la persona afectada consiga salir del maltrato con la respectiva denuncia y optando a una vida que de lo cotidiano al miedo, desesperanza y sentimientos de culpa.

Links para ampliar información


jueves, 24 de noviembre de 2016

¿Qué hemos estado haciendo mal y cuál es el futuro de la salud mental?




Alejandro Muriel Hermosilla
Residente PIR HGU Gregorio Marañón
Visitante en Yale University – CMHC (EEUU)


Si pensamos en la gran mayoría de campos de conocimiento dentro de las ciencias de la salud, con relativa facilidad podemos imaginar, cuando no directamente enumerar, algunas de las líneas de investigación más novedosas. Sin embargo, si tenemos en cuenta las dos últimas décadas en salud mental, más allá del uso de las nuevas tecnologías, es sorprendente que el panorama se mantiene con pocos cambios. Tanto desde el punto de vista de tratamientos farmacológicos como de las terapias psicológicas, no se han producido en nuestro país avances cualitativos hacia nuevos horizontes. Por el contrario, en otros lugares se están comenzando a plantear cuestiones que suponen ya una ruptura del paradigma dominante, equivalente al que supuso en su día la salida de los enfermos mentales de aquellos antiguos hospitales psiquiátricos, esos donde ahora nos resulta tan chocante que muchas personas con enfermedad mental fueran llevadas.

Este nuevo movimiento es la salud mental orientada hacia la recuperación, la recuperación e integración real del cliente (se prefiere este término al de paciente)  a su vida en la comunidad. Aunque discutir todos los cambios que se promueven desde este enfoque superan con mucho el propósito de este artículo, hablaremos de algunos de los más relevantes.

Pocas personas hoy en día cuestionarían que un psicólogo o psiquiatra es la persona adecuadas para llevar a cabo una terapia, con aquellos que presentan una enfermedad mental. Además, es igualmente cierto que pocas veces se tiene en cuenta qué dicen los pacientes o sus familias sobre el tratamiento que reciben y, cuándo se escucha lo que dicen, suele ser recibido con actitud defensiva y de superioridad profesional. Pero, ¿no sería lógico que, si ellos son tanto los que sufren la enfermedad mental como los receptores y potenciales beneficiarios del tratamiento tuvieran un papel más activo en su tratamiento y rehabilitación? ¿Qué ocurriría si los propios “pacientes” fueran quienes dirigieran el tratamiento que reciben? Un problema añadido es que aún hoy se suele hablar de los pacientes con etiquetas, “un bipolar” o “una límite” son expresiones demasiado frecuentes que no permiten considerar el hecho de que, tras esa etiqueta, existe una persona con toda una serie de peculiaridades que, por supuesto, exceden las de una categoría diagnóstica.

Partiendo de esta situación se han desarrollado los “peer support” o grupos de apoyo, en los que personas que han lidiado con una determinada enfermedad mental y que se han podido recuperar ayudan a otras en el proceso. Ahora bien, no se trata de un grupo informal en el que un voluntario se limita a dar consejos desde su propia experiencia. Todo lo contrario, se trata de que estos “peer”, como se les conoce, reciben una formación exhaustiva (de uno o dos años, por lo general) en salud mental que les prepara para poder desempeñar este papel y, como cualquier otro trabajo, son remunerados por ello. Como uno puede imaginar, este movimiento no está exento de críticas entre la psiquiatría tradicional, pues supone un cambio radical en muchos sentidos. No obstante, el cambio de postura es mucho más profundo que determinar quién es el que realiza el tratamiento, supone una verdadera transformación del paradigma actual.

Otro de los aspectos de mayor importancia es cómo se evalúan los resultados de un tratamiento para afirmar que es o no exitoso. Si habitualmente se tenían en cuenta parámetros como la reducción de los síntomas, desde este movimiento se encuentra que dichos factores son tremendamente insuficientes para hablar de éxito. En su lugar, se evalúa la efectividad de una intervención considerando, además de los síntomas, otros aspectos como la situación laboral -¿tiene trabajo?¿lo busca?¿por qué no lo hace?-, las relaciones con las personas de su entorno, el grado en que está involucrado en aquellos valores que esta persona considera importantes para él o ella. Se rechaza la postura de que las personas con enfermedad mental grave sólo pueden optar –y con suerte- a puestos de trabajo no cualificados, instándoles a pensar que todo lo demás quizá sea “apuntar demasiado alto”. En su lugar, se dispone de personas que les pueden guiar a que sean autónomos en todas las esferas de su vida, no sólo con unas técnicas para manejar los síntomas dictadas por personas completamente ajenas a sus vivencias.


Como se ha mencionado antes, este movimiento es y ha sido recibido con gran escepticismo y, a veces, con un rechazo frontal. No obstante, tanto los datos que se obtienen, basados más en metodología cualitativa que cuantitativa, y las experiencias de estos clientes, progresivamente se hacen hueco y está ganando una mayor aceptación. Cabe preguntarnos ¿cómo será su llegada al sistema sanitario español?

lunes, 21 de noviembre de 2016

Hablas como un psicópata


Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe

Concepto de Psicopatía
Robert D. Hare (doctor en psicología) es quizá el autor más prolífico en la publicación científica acerca de la psicopatía. Entre sus innumerables trabajos, cuyas conclusiones abordaremos en otro momento, destaca todo lo relacionado con los aspectos neurofisiológicos y neuropsicológicos de la psicopatía (adjuntamos link a artículo para ampliar información). Hare partió de la obra de Cleckley titulada The mask of sanity (La máscara de la cordura, 1941).

Una de sus principales aportaciones de Hare es la PCLPsychopathy Check List- o Lista de Chequeo de Psicopatía, que supone un procedimiento clínico-actuarial de 20 ítems y de amplia utilización en el campo clínico-forense para valorar el riesgo de violencia en general. La prueba nos indica las principales características de un psicópata. Entre ellas está su encanto (son grandes conquistadores con un ego desmedido), su promiscuidad (habitualmente infieles en pareja), su historial (no atienden a las leyes que nos rigen, ni su sistema de valores está basado en una moral “autónoma”), son crueles (su ausencia de empatía lleva a que infravaloren el daño que hacen a los demás), mienten (la manipulación es su arma para aprovecharse de los demás), no tienen metas realistas a largo plazo (alta impulsividad /falta de planificación que les hace dejarse llevar por lo momentáneo), etc. Sin embargo, se profundizará en algo más concreto y es en cuáles son los aspectos lingüísticos de los psicópatas y/o su perfil comunicacional.

La comunicación en la psicopatía
El primer aspecto clave en la descripción del lenguaje de un psicópata es la desconexión existente entre las palabras y su sistema emocional. Cualquiera de nosotros (que no sea un psicópata) al leer una palabra como alegría, ira, miedo, tristeza o asco… experimentará un sentimiento ligado a esa emoción en mayor o menor medida; algo que el psicópata no realizará (si bien sabe simularlo). Pero quizá a través de sus palabras podamos ver aspectos que nos revelen su verdadera personalidad y así sean descubiertos.  Al fin y al cabo, nuestro lenguaje suele provenir de una operación inconsciente (automatismo). Al analizar el lenguaje de los psicópatas se ha visto que es menos coherente y accesorio (poco concreto).  En sus palabras veremos que al referirse a los demás lo harán de forma instrumental (p. e.: “es muy “maja”, me regala muchas cosas”). Tienden a justificarse continuamente, por lo que impera la utilización de conjunciones subordinadas como “porque”, “por lo que”, “ya que”. Su frialdad afectiva ante la comisión de un acto violento tiene un fiel reflejo en su tendencia a conjugar los verbos en pasado  y la utilización de nombres concretos (en vez de describir la relación con las personas con palabras como “amigo/enemigo” o adjetivos que designen alguna relación –“simpático/desagradable”-); algo que es una manifestación de su tendencia al distanciamiento psicológico de los demás. Cuando un psicópata describa un acto violento que ha realizado podremos tener la sensación de que lo hizo hace años, cuando en realidad puede no llegar a unas semanas.
Otras características son la tendencia a aclarar todo (a veces de forma innecesaria) pero siempre en la línea de autoprotegerse así como la utilización de un lenguaje emocionalmente poco agradable cuando describen sus actos antisociales. Por añadidura, si tienen que describir un suceso cargado de afectividad, tendrán más pausas e interrupciones en su lenguaje. Al fin y al cabo, tienen que pensar lo que dicen ya que sus emociones no son experimentadas de forma “natural”, habiendo un mayor peso de lo cognitivo. Quizá si sintieran no pensarían tanto lo que dicen.

¿Qué aspectos te gustan del estudio de la psicopatía? Seguro que es un campo en el que te gustaría comentásemos más temáticas 

Artículo para ampliar información
    http://www.revneurol.com/sec/resumen.php?id=2003551

Link para consulta bibliografía acerca de la psicopatía


miércoles, 16 de noviembre de 2016

¡Cambiemos el foco! ¿Sabemos realmente por qué enfermamos?



Alejandro Muriel Hermosilla
Residente PIR HGU Gregorio Marañón
Visitante en Yale University – CMHC (EEUU)
  

En los últimos años la obesidad se ha convertido en una preocupación creciente en nuestra sociedad. Sin embargo, los esfuerzos destinados tanto a prevenirla como a tratarla continúan sin producir los efectos deseados. Parece que tanto la educación en una nutrición saludable como el énfasis en la importancia del ejercicio físico no acaban de reflejarse en una menor prevalencia de esta enfermedad. ¿Qué está ocurriendo para que continúe pasando? ¿Dónde estamos equivocándonos?

Para poder tomar distancia y comprender la imagen global, lo ilustraremos con una viñeta médica. Imaginemos que una mujer lleva a su hijo de 10 años al médico porque presenta síntomas de asma. Este, tras realizar una exploración completa, le receta un tratamiento que consiste en un inhalador con corticoides. Inicialmente, el niño experimenta una mejoría de sus síntomas, pero, al cabo de unos meses, la madre vuelve al médico explicándole que su hijo ha vuelto a empeorar, a pesar de utilizar el tratamiento indicado. El médico, tras volverle a evaluar, decide prescribir un nuevo inhalador con una dosis más potente, pero, nuevamente, la escena se repite y, pasado un tiempo, los síntomas de asma de este niño vuelven a empeorar hasta el punto en que requiere ser hospitalizado durante una noche. ¿Qué ocurre en este ejemplo para que empeoren estos síntomas de asma del chico? Bien, no se trata tanto de que el médico no esté haciendo correctamente su trabajo, sino de que, como sociedad, no estamos acostumbrados a mirar qué está causando el problema y aplicamos un tratamiento a los síntomas, en lugar de plantearnos cuál es su causa. Si el médico tuviera un momento y analizara, más allá de los síntomas, la situación en que este niño vive, descubriría que, dado que su familia tiene graves problemas económicos, reside en una casa cerca de una carretera muy concurrida con altos índices de contaminación. La casa en la que viven, dado que es muy antigua, tiene constantes problemas de humedad y resulta que el niño es alérgico a los hongos que aparecen. Además, su padre recientemente ha perdido el ya precario trabajo que tenía y la situación en su casa es cada vez más estresante, lo que afecta aún más a sus síntomas respiratorios. Ahora bien, si el médico realmente tomara el tiempo para analizar toda esta situación sería ciertamente frustrante para él, ya que poco o nada podrá hacer para cambiar su situación. Esto implica que, para poder abordarla adecuadamente, se deberían incluir otros actores –sociales y legales- en juego que trabajen con la causa del problema.

Este ejemplo no es en absoluto una excepción y no sólo ocurre en las enfermedades médicas, sino que también en las enfermedades mentales, es aplicable a la salud en su conjunto. El problema es que lo que comienzan siendo unos síntomas, acaban produciendo un cuadro cada vez más grave por no estar abordando aquello que lo produce, lo que lleva a intervenciones gradualmente más costosas. En definitiva, supone un coste sanitario mayor tanto para el paciente como para el sistema.

Lo que esta viñeta representa es algo que se ha demostrado repetidamente en todos los estudios: el nivel económico está directamente relacionado con el grado de salud. Se sabe que, incluso teniendo en cuenta los llamados “factores de riesgo”, las personas con un nivel adquisitivo mayor enferman menos. Y esto no tiene que ver con cuestiones biológicas directamente, sino con los sistemas de protección que se asocian a este estatus. Si pensamos en el caso anterior, posiblemente ese niño no habría desarrollado síntomas de asma si no hubiera vivido en un ambiente contaminado, en una casa que no estaba revestida adecuadamente y sufriendo un ambiente familiar estresante. Esto no significa que aquellas personas con mayor nivel adquisitivo no enferman, pero sí que lo hacen en menor grado, con cuadros de menor gravedad y, cuando lo hacen, su recuperación es mucho más rápida y exitosa en el largo plazo.

Esto nos debería llevar a plantearnos si estamos poniendo el foco en algo demasiado específico y perdiendo la imagen completa. Como antes mencionábamos, está fuera del alcance y de las funciones del médico atender a todas las complejidades del caso presentado. Pero es común pensar que hacerlo implicaría un coste desproporcionado. La realidad es que cuando se analizan los costes derivados de no considerar la atención en el origen del problema y de un sistema basado en la atención sanitaria en crisis, se confirma que son mucho más altos que aquellos sistemas más holísticos. No obstante y, pese a que se está generando un debate cada vez mayor sobre este asunto, la realidad parece indicar que queda mucho camino por recorrer.